
A medida que nuestros txikis van creciendo se acerca una etapa muy temida por los padres y madres, la adolescencia, la etapa por excelencia de los cambios y las transformaciones.
Estas no se dan de igual manera en todas las personas, ya que varían según el sexo y el desarrollo individual, pero, generalizando, podemos decir que los primero cambios comienzan en torno a los diez u once años en las niñas y un poco más tarde en los varones. Los primeros suelen ser los físicos, debido a un proceso hormonal que comienza a transformar el cuerpo, provocando el desarrollo que ya todos conocemos: crecimiento, ensanchamientos de partes específicas del cuerpo, desarrollo de los genitales, la aparición del vello en zonas concretas…, todo lo que caracteriza la pubertad.
Pero la adolescencia no sólo son cambios físicos, sino también psicológicos y sociales, ya que también se reajusta la imagen que tienen de sí mismos, su lugar en la familia y en el mundo. La adolescencia es una etapa de transición de la niñez a la vida adulta. Por eso, si hay una palabra que la caracterice es la de duelo, por el que deben transitar tanto niños como padres. Los primeros deben elaborar internamente la perdida de su cuerpo infantil, abandonar su lugar de niños con todo lo que esto implica, y los padres deben aceptar la perdida de su “hijo pequeño” por aquel que está transformándose en adulto, que pronto será independiente y ya no necesitara de sus cuidados. Es por eso que el pasaje por esta etapa de la vida se vuelve tan complicado tanto para los adultos como para los adolescentes, y es importante buscar la forma de hacer este camino de la forma más saludable.
¿Y qué pasa en la adolescencia desde una perspectiva psicológica? En primer lugar se da una crisis de identidad. El adolescente está en una constante búsqueda, ya no es el niño de la casa, pero aún no es un adulto plenamente, lo que genera mucha incertidumbre, ansiedad y miedos. Esto se acrecienta en la medida que a los padres les cuesta ser coherentes también, tratándolos por momentos como niños y en otros exigiéndoles como adultos. Esta crisis implica la búsqueda de sí mismo, de su personalidad, de reconocerse en algún modelo, de definir quién es y cómo es. Esto va de la mano de los intentos de autoafirmación, construir un yo diferente al de sus padres, procurarse una autonomía tanto intelectual (pensar por sí mismos y comenzar a tomar decisiones) como emocional. Y las emociones suelen ser un área difícil, tanto para ellos como para sus padres ya que se ve totalmente teñido por lo hormonal, lo que les lleva a sufrir cambios repentinos y drásticos, tanto en su humor como en la forma de expresar sus sentimientos, lo que usualmente genera confrontaciones.
La crisis de la adolescencia presenta otras muchas características; si nos informamos adecuadamente sobre ellas podremos comprenderlos y entendernos mejor.
¿Y cómo debemos enfrentar esta etapa tan especial de nuestros hijos? Primero que nada hay que ser empáticos con ellos, ponernos en su lugar, recordar nuestra propia adolescencia y cómo la vivimos. Es fundamental ser pacientes, sobre todo ante sus embates emocionales y saber que es una etapa necesaria pero pasajera, y que no significa que nunca más podremos entendernos con nuestros hijos. Priorizar la escucha y el diálogo, con mucho respeto, tenerlos en cuenta y darles su lugar. Respetar su intimidad, tan necesaria para ellos en esta transición. Como padres y madres también debemos cuidarnos durante la crianza de no caer ni en la extrema rigidez, imponiéndoles demasiadas restricciones, ya que solo agudizaríamos su crisis, ni vernos en el otro extremo, siendo demasiado flexibles o buscando ser sus amigos, ya que ante su revolución interna necesitan reglas claras y coherentes.
Pero lo más importante es informarnos, leer, saber qué es lo que les pasa y les pasará. Y proveerles también a ellos de la información necesaria sobre los cambios que viven. De esta forma, aminoraremos la angustia que los adolescentes y nosotros como padres sentimos ante esta nueva etapa.

