
Con ya bastante camino recorrido del siglo XXI se hace difícil creer que sigan existiendo palabras tabú, palabras que su sola mención nos estremezcan de alguna forma. Las palabras tabú hacen referencia a temas que son desagradables para una cultura en un momento dado y que suelen hacer referencia a diversos temas, entre ellos la enfermedad y la muerte, y por ello ejercen un ambiguo efecto de seducción y profundo rechazo en nosotros.
Pero, como decía, hoy día sigue habiendo palabras que ante su mención las personas palidecen e intentan lo más rápidamente cambiar de tema, y una de ellas es la tan temida…»psicólogo». Y es que cuando se menciona a estos profesionales de la salud muchas personas comienzan a incomodarse, y peor aún, a asustarse ante la posibilidad de que su interlocutor les sugiera de alguna forma que deben visitar a un psicólogo, o incluso el estremecimiento aparece cuando se trata de que un familiar deba recurrir a una consulta. Y esto en parte se debe, como en toda palabra tabú, a que la figura del psicólogo esta rodeada de prejuicios y fantasmas que giran en torno a la locura y la enfermedad, la soledad y el aislamiento (no en vano durante un largo período de la cultura occidental, todo aquel que se alejaba de la racionalidad imperante o de lo establecido, era condenado a la «locura» y como castigo el destierro o el encierro).
Sin embargo, hoy en día, y ya a más de siglo y medio del nacimiento de la psicología moderna, ya no es válido hablar de locura, el propio concepto se ha relativizado y reformulado, y por lo tanto es inaceptable pensar que un psicólogo se ocupa de la locura y que quien consulta la padece.
Entonces, ¿por qué consultamos a un psicólogo? La psicología se ha profundizado y ampliado tanto que hoy en día abarca casi todas la áreas de la vida, por lo que los motivos de consulta pueden ser tan diversos como la vida misma. Pero para ser más prácticos, pongámonos en el lugar de un adulto que se pregunta: ¿Debo consultar? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Yo lo necesito? La respuesta está en cada individuo, no hace falta sentirse «loco» para pedir ayuda, basta con sentir que hay algo en nuestra vida que no estamos pudiendo resolver solos, algo que nos agobia, algo que nos angustia, que no nos deja dormir, algo que da vueltas en nuestra cabeza constantemente y queremos resolver. Ahí es cuando interviene la ayuda profesional, el psicólogo es la herramienta en sí, que nos permite pensarnos, despejar nuestras ideas y así allanar el camino para resolver lo que nos aqueja, buscar estrategias y soluciones que se adecuen a nosotras mismas. No hay recetas ni fórmulas a repetir, se trata de pensar en conjunto y buscar las soluciones a nuestras necesidades. Tampoco se trata de que vamos a necesitar ayuda para siempre, a veces se trata de acompañar momentos de la vida que están signados por el cambio y así abordar la nueva etapa de la mejor manera. Por ello muchos procesos terapéuticos son de carácter breve o focal.
Otro tema es cuando hablamos de niños o adolescentes, pues a veces ellos no saben como verbalizar en palabras el pedido de ayuda, pero sí lo saben hacer con el cuerpo, por ello tanto padres y madres como maestros debemos estar atentos a los cambios que presentan. Trastornos en el sueño, la alimentación, en el juego, en el control de esfínteres, generalmente son propios de su etapa evolutiva, pero a veces son las «palabras» con las que nos piden ayuda.
Tanto en adultos como en niños, es importante romper las barreras de los prejuicios y aprender a pedir ayuda, para crecer mejor y felices.

