
Si observamos el mundo animal veremos como a el cachorro de cualquier especie le lleva de minutos a unas horas erguirse sobre sus patas y valerse por si mismo; por lo que resulta llamativo o al menos curioso que al cachorro de la mayor especie del planeta le lleve más de un año sostenerse sobre sus pies y muchísimos más valerse por sí solo, convirtiéndonos en la especie más vulnerable. ¿Por qué nace el ser humano tan indefenso? ¿Por qué dependemos tanto tiempo de los adultos de nuestra especie?
La respuesta esta en nuestro cuerpo y su proceso evolutivo. Nacemos con un sistema nervioso inmaduro y requerimos de la estimulación y el aprendizaje para desarrollar las capacidades que nos permitan la supervivencia. Pero esto que parecería ser una desventaja biológica ante el resto de las especies, en verdad es el núcleo de nuestro alto potencial de desarrollo, ya que nos habilita un alto nivel de adaptación al medio, moldearnos según las exigencias de nuestro entorno y desde ahí superarlo y controlarlo.
Aquí radica la importancia de velar por el adecuado desarrollo de los primeros años de vida de nuestros niños. Ya desde el vientre nuestras madres comenzamos a percibir el mundo a través de nuestros sentidos, y esto se multiplica al exponernos al exterior. La percepción es la que nos permite descubrir, conocer y aprender el mundo, y el desarrollo cognitivo de un niño, tanto como el social y afectivo dependen de la calidad y cantidad de estímulos que reciba en su crecimiento.
Los adultos somos entonces los que tenemos a cargo la tarea de canalizar todos estos estímulos para que el niño los aproveche de la mejor manera. Es necesario estimularlos. ¿Cómo hacerlo correctamente? Primero debemos informarnos y conocer acerca de las etapas que va atravesando el bebe y el niño en su desarrollo, para no brindarle estímulos que aún no este preparado para interpretar, y también, para como padres, no frustrarnos esperando logros fuera de tiempo en nuestros pequeños. Luego, tan importante como lo anterior es entender que el vínculo con nuestros hijos es el riel por el que se desplaza el aprendizaje, potenciándolo, y a su vez, reforzando nuestra relación con ellos. Y si el vínculo es el riel, el juego es el vehículo indispensable a través del que se aprende y esto no solo en niños, sino en adultos también, ya que el ser humano es esencialmente lúdico. Y no se trata de darles juegos caros o complejos, sino todo lo contrario, simples y acorde a sus necesidades, porque lo fundamental es jugar con ellos, de esta forma reforzamos su confianza y autoestima, indispensables para el aprendizaje.
Algunos elementos a tener en cuenta; el juego debe ser algo placentero tanto para el niño como para el padre, disfrutando se aprende. El contacto es fundamental, no solo entre padres e hijos, también con otros niños, por lo que las guarderías y centros escolares no solo son un auxilio para los padres que no tienen con quien dejarlos, sino que es necesario para el niño estar en contactos con otros pequeños y así aprender a socializar e interactuar. Debemos estimular todos sus sentidos, no solo el visual con libros o juguetes coloridos, sino también su tacto a través del contacto con personas y objetos agradables, su olfato con suaves y diversos aromas, y su oído acompañando distintos momentos del día con música. El gusto será el sentido más delicado, ya que dependerá de la edad el tipo de alimentos que pueda ingerir.
Es importante aprender a conocer los ritmos del niño y respetarlos, no presionarlos y mucho menos compararlos con los procesos de otros niños, cada uno tendrá un desarrollo personal, propio, que es el que debemos acompañar y estar atentos a que es lo que podemos esperar y que no.

